Mi hermana chica, mi única hermana, cumplió 18 años. La misma que cuando tenía 3 o 4 entraba a mi pieza, a mirar mis lápices, mis cuadernos y desordenar mis cajones, buscando las “cosas lindas” que la hermana mayor tenía guardada en esa fortaleza inexpugnable, provocando mi ira. La misma que hace poco me confesó que cuando iba a kinder, se encerraba por horas en el baño a jugar con mis frenillos, porque le encantaba el sonido que la placa llena de alambres hacía al caer al suelo (nunca entendí cómo no se quebraron). La misma que hace tan poco era un patito feo, flacuchenta y desgarbada, y que de a poco se ha ido convirtiendo en una mujer hermosísima.Cumplió 18 y se hizo un piercing en la oreja, por supuesto, sin pedir la autorización de nadie “porque ahora soy mayor de edad”. El mismo día de su cumpleaños fue al registro electoral y se inscribió. “Mi hermana siempre me dijo que así uno puede ejercer su cuota de poder”, le dijo a la señora que la inscribió, ante la consulta por aquel entusiasmo de la nueva votante.
Cumplió 18 y decidió que quiere estudiar pedagogía en Historia, y después de haber repetido un año y haber pasado a la rastra varios otros, se convirtió en la matea del preuniversitario, tomando cuanto curso y electivo le permite el horario, incitada por el régimen menos escolar y por la perspectiva del ingreso a la Universidad.
Mi hermana cumplió 18 años y me encanta ver en qué se ha convertido. Ver cómo la niñita tímida se para segura frente al mundo, tomando decisiones como una persona adulta. Esta es sin duda la sensación más parecida que he tenido al orgullo materno.

