
Ayer me junté con una amiga que me dijo algo que me dejó pensando. Pese a que no es muy cercana a mí, porque estudia fuera de Chile, me contó que le gusta que nos juntemos cuando viene, porque soy una de las pocas personas que conoce que lo pasa bien estando sola, sin pareja.
Eso es cierto, pero uno también pasa por momentos. Puede ser porque estoy cerca de mi cumpleaños, el que sumando y restando, nunca he pasado sola. Siempre ha habido un pololo, un amigo con ventaja o un proyecto seriamente encaminado que ha sostenido para mí la torta con las velitas mientras todos cantan Cumpleaños Feliz, o que me ha sacado a comer, al cine o me ha regalado algo lindo ese día.
Puede ser por eso, pero súbitamente ayer, mientras mi amiga me decía eso, me bajaron unas repentinas ganas de estabilidad. Ganas de regaloneo soñoliento el sábado en la mañana, de desayuno en la cama, de la cotidianeidad de las salidas juntos, sin que tengamos que decirle “citas”. Ganas de salir a tomar un café sin esperar que te paguen la cuenta, de llamar a cualquier hora sin pensar en que el otro es el que tiene que llamar primero, ganas de que cuando te inviten a algún lado decir “vamos a ver si podemos ir”, en lugar de hablar en singular.
No estoy triste, pero me dieron muchas ganas de todo eso, porque este, mi cumpleaños número 27, será el primero en mucho- demasiado – tiempo en el que no tendré a nadie para la celebración especial. Espero que este sentimiento me dure poco, o que el tipo que bien podría convertirse en algo más que un amigo lejano, y al que podría decirse que le eché el ojo, se decida a invitarme a salir. Lo que pase primero estará bien, y que según todo lo que me conozco, me atrevería a apostar que será lo primero.
Eso es cierto, pero uno también pasa por momentos. Puede ser porque estoy cerca de mi cumpleaños, el que sumando y restando, nunca he pasado sola. Siempre ha habido un pololo, un amigo con ventaja o un proyecto seriamente encaminado que ha sostenido para mí la torta con las velitas mientras todos cantan Cumpleaños Feliz, o que me ha sacado a comer, al cine o me ha regalado algo lindo ese día.
Puede ser por eso, pero súbitamente ayer, mientras mi amiga me decía eso, me bajaron unas repentinas ganas de estabilidad. Ganas de regaloneo soñoliento el sábado en la mañana, de desayuno en la cama, de la cotidianeidad de las salidas juntos, sin que tengamos que decirle “citas”. Ganas de salir a tomar un café sin esperar que te paguen la cuenta, de llamar a cualquier hora sin pensar en que el otro es el que tiene que llamar primero, ganas de que cuando te inviten a algún lado decir “vamos a ver si podemos ir”, en lugar de hablar en singular.
No estoy triste, pero me dieron muchas ganas de todo eso, porque este, mi cumpleaños número 27, será el primero en mucho- demasiado – tiempo en el que no tendré a nadie para la celebración especial. Espero que este sentimiento me dure poco, o que el tipo que bien podría convertirse en algo más que un amigo lejano, y al que podría decirse que le eché el ojo, se decida a invitarme a salir. Lo que pase primero estará bien, y que según todo lo que me conozco, me atrevería a apostar que será lo primero.
Tengo rabia. Rabia porque siempre me pasan historias increíbles que terminan mal. No puedo tener relaciones más o menos normales, que resulten más o menos bien y que duren un tiempo más o menos digno. No, tienen que ser cosas rimbombantes, llenas de pasión y que duran, como dice Sabina, “lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks”.

