viernes, 3 de diciembre de 2010

El momento en el que el rucio se enamoró de mí

El rucio me contó el momento exacto en el que supo que se había enamorado de mí. La verdad no fue un instante muy glamoroso, ni una revelación de orden sacrosanto como suele pasarnos a nosotras las mujeres.

Volvíamos de Punta Choros después del fin de semana largo en el que nos conocimos, nos besamos, dormimos juntos y acordamos no convertirnos en el amor de verano del otro. El auto era del Benja, mi amigo que nos había presentado, pero el rucio manejaba, mientras yo, sentada en el asiento del copiloto, le acariciaba el antebrazo y tenía su mano derecha tomada con la mía.

Veníamos a la altura de Ovalle, cuando en medio de la conversación y los besitos ocasionales –para no distraer tanto al conductor de su ruta-, el rucio estornudó. El problema es que cuando lo hizo, tenía mi mano izquierda entrelazada con la suya, y como el acto reflejo de cubrirse la nariz es más rápido que la velocidad del pensamiento, estornudó sobre mi mano.

Y yo, al ver su cara de pánico anglosajón tras haber estornudado de una manera bastante estrepitosa sobre la mano de la chica con la que acababa de empezar a estar, y mirar mi propia mano húmeda tras el poco común acontecimiento, tuve un ataque de risa.

Benja, que venía en el asiento de atrás, no entendía nada, y yo, interrumpida por mis propias carcajadas, le contaba lo que acababa de pasar, mientras el rucio me pasaba la caja de pañuelos desechables y se disculpaba diciendo que nunca antes le había estornudado a otra persona, tras lo que me dio un segundo ataque de risa, luego de decirle que ahora sí que me sentía especial en su vida.

-I´m the only woman in which you have sneezed over! how special I feel now!

Hoy, exactamente 8 meses después de ese día, a modo de regalo de aniversario, el rucio me contó que en ese momento supo que se había enamorado de mí, porque no me parecía a nadie que hubiera conocido antes.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Doblemente libre

Perder. Ganar.

Tengo que aprender que esas palabras son bien relativas. Quizá mi mayor problema es que soy una fundamentalista y una talibana, pero con un grado de inocencia enorme, porque creo a pies juntillas que si uno da el 100% de sí mismo, las cosas tienen que salir como uno quiere: Causalidad y consecuencialidad, en teoría suena lógico pero en la práctica no lo es.

A veces perder algo es la otra cara de ganar algo nuevo y al parecer, esta es mi ocasión para aprender eso. Perdí una oportunidad, pero gané libertad para decidir mi futuro sin pensar en los acreedores a los que les debería responder si hubiera hipotecado mis próximos años: Soy libre!

Soltar. Esa es la palabra clave. Soltar. Soy mala para eso. Y para esperar. Quiero todo ahora, quiero a mi rucio alemán conmigo ahora. Quiero saber cómo será mi futuro ahora. Quiero resolver todo ahora. Y aunque sé que no se puede y que es una boludez y una pérdida de tiempo, quiero hacerlo y sigo pensando en eso.

Causalidad y consecuencialidad.

Perder. Ganar. Soltar. Palabras clave.

Tengo un poco de vértigo, la verdad. Como si corriera con todas mis energías y mi fuerza para saltar un precipicio, de un lado a otro, pero conforme me acerco al risco y más cerca se ve la enorme dimensión del desafío, más grande se hace también el vacío que siento en el estómago.

Perder. Ganar. Soltar. Palabras clave.

Sigo corriendo y recuerdo que me dan miedo muchas cosas, pero nunca he tenido susto a equivocarme.

Entonces, soy doblemente libre.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Hay días...

A veces hay días brillantes, luminosos, en los que camino por la calle sintiéndome poderosa, indestructible, bella, amada. En los que dejo en el closet la distancia, las dificultades y las incertidumbres, y me visto con todas las certezas que me ha dado mi relación.

A veces hay días en los que no es relevante el rucio está lejos, en los que me sorprendo haciendo panoramas como tomarme un café con él después de la pega o hacer la cimarra de mi curso de inglés e irnos a comer un helado gigante sentados en el cerro.

A veces hay días en los que sólo quiero abrazarlo. En los que después del sonido del despertador, mi cama de plaza y media se me hace un lugar enorme e inhóspito sin su espalda y sin sus hombros llenos de pecas y de mis besos. En los que todos mis pensamientos vuelan hacia su lado, con el dulce sopor de esta primavera tibia, soñolienta, de siesta y de remoloneo.

A veces hay días en los que me pongo a chequear que todo esté en orden: la reserva para el hotel en el que pasaremos la noche de año nuevo en Valparaíso, los pasajes de bus, el departamento que arrendaré en Mendoza, el vuelo. Lo hago como si con eso pudiera administrar la ansiedad, como si ocupándome de los detalles de nuestro reencuentro, los 35 días que faltan para ese beso que tenemos inconcluso fueran a pasar más rápido.

Y hay días como hoy, en los que tengo pena. En los que sólo quiero abrazarlo y besarlo y sé que no puedo hacerlo. En los que no camino segura por la calle, sino que mirando el piso. En los que sí me importa que viva lejos, que no hable español y que no se pueda tomar un helado conmigo hoy en la tarde.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Haber sabido antes

Uno de los pendientes que tenía en la vida era mejorar mi nivel de inglés, y claro, el hecho de tener una relación amorosa con un angloparlante le ponía más premura al asunto.

Entonces, disponiendo por fin del tiempo libre que no tuve mientras estudiaba mi magister, y consolidando la hipótesis de mi madre acerca de mi “logoholismo” –neologismo con el que me enrostra mi adicción al estudio-, me matriculé en un curso de inglés, por supuesto en modalidad intensiva, de lunes a viernes después del trabajo.

Para mi sorpresa, y gracias a todo lo que he aprendido en estos meses de relación con el rucio, quedé en el nivel 9 de un máximo de 10, por lo que sólo debo tomar dos cursos antes de pasar al nivel preparatorio del TOEFL, mi meta en esta materia.

Entré a la sala con mis libros, mis lápices y cuadernos, y me senté en una de esas sillas con la mesita pegada a la derecha, de esas que no usaba desde que estaba en la Universidad.

El curso es pequeño: sólo 7 personas más y yo, lo que hace que la dinámica sea rápida y fluida, porque aunque nadie habla perfecto y todos cometemos errores, la fluidez es el común denominador del nivel 9.

Heather, nuestra profesora gringa pidió que, como primer ejercicio, nos presentáramos y contáramos algo de nosotros. Entonces, el conteo preliminar es el siguiente: Un cientista político, que venía llegando de un diplomado en EEUU y se quería ir de nuevo a hacer un master, un ingeniero informático recién salido de la Universidad que se estaba comprando su primer departamento, un estudiante de música, que quería viajar y conocer Europa, dos contadores auditores que también querían viajar y dos secretarias, amigas entre sí, que querían trabajar como secretarias bilungues.

Y yo no lo podía creer!!!!! Después de preguntarme tantas veces en este mismo blog dónde podía encontrar a la gente chora e interesante, tanto para airear el panorama social como para ver si por ahí saltaba la liebre y conocía a mi próximo pololo –claro, cuando el rucio aún no estaba en mi vida-, lo supe: las clases de inglés –u otros idiomas, por cierto- son una buena instancia para conocer gente nueva, interesante, y que aparentemente, está en la misma onda que uno.

Haber sabido antes.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Círculo rojo

Un calendario.
Una fecha.
Un círculo rojo –mas bien un corazón- sobre uno de los números.
Un día del año, un día cualquiera.
El número es exactamente del mismo color y del mismo tamaño que sus otros 364 hermanos, pero este día es especial: El rucio compró su pasaje y ya tenemos fecha para nuestro próximo beso, ese que quedó en stand by en el aeropuerto de Frankfurt en Agosto pasado, y que tendrá su segunda parte en Santiago de Chile, a fines de Diciembre.

lunes, 4 de octubre de 2010

19,4%

Seis meses. 180 días.

180 días de los cuales sólo hemos estado 35 físicamente juntos, por lo que sólo un 19,4% de nuestra relación ha sido presencial.

Puesto así, suena una locura. Una insensatez. Y eso que todavía no llegamos a los puntos centrales: pololeamos en inglés, la lengua franca del Siglo XX, idioma que para ninguno de los dos es lengua materna.

Eso, sin mencionar las 17 horas de vuelo y los 8.099 kilómetros de distancia física que tenemos entremedio, lo que hace parecer que esta relación tiene al menos, un pronóstico no tan bueno.

Pero la distancia emocional tiende a cero, las horas de vuelo para estar juntos se reducen a los segundos que se demora en contestar mis llamadas de Skype, y respecto al idioma, bueno, no creo que ninguna pareja se entienda al 100%, incluso hablando el mismo idioma y compartiendo la misma cultura.

Lo bueno es que esto es temporal. El rucio viene a verme a Chile en Diciembre, para hablar en vivo y en directo cómo organizamos mi cambio de país a Alemania. Claro, pueden pasar mil cosas en el camino, pero ya tenemos la voluntad de hacerlo, que es lo más importante en esta historia, porque sin voluntad de querer estar juntos, no habríamos cumplido ni siquiera un mes juntos.

180 días. Seis meses. Tal como me dijo él, mientras brindaba conmigo con una copa de Champaña, en un huso horario de +6 “Salud por nuestro primer medio año juntos, y por todo lo que está en nuestro futuro”.

viernes, 1 de octubre de 2010

Magíster (al fin!)

Tercer acto: Salud!

Ahí estaba yo, en el Bar Catedral, con un birrete azul marino sobre la cabeza, con una copa de champaña en la mano y rodeada de la gente que me quiere, de mis compañeros de trabajo y de mi familia, celebrando.

Había llegado a la meta, y no solamente había terminado una etapa de mi vida, sino que además lo había hecho con honores: con un 7 unánime en mi examen de grado, por lo que mi título de Magister en Estudios Internacionales va a tener un apellido precioso: summa cum laude, la máxima distinción a la que un mortal que hace un postgrado puede optar.

Esperé tanto este momento. Trabajé tanto para esto, y también sentí que me merecía tanto que todo concluyera de esta forma, que no podía sino celebrar, porque la vida no siempre le da a uno aquello que uno sabe que se merece, y esta era una de aquellas veces.

Por fin, al final del camino, mirando hacia atrás y viendo cómo aquellos fines de semana y días completos de estudio y trabajo duro valieron la pena, porque pavimentaron el camino entre el inicio de mi magíster, hace casi cuatro años, y este momento.

Estoy contenta, agradecida, satisfecha. Viendo cómo se cierran los ciclos de esta manera tan maravillosa, y cómo muy pronto se abrirán otros ciclos, otras etapas de mi vida donde las nuevas perspectivas están también en otros horizontes.

Segundo Acto: “I am so proud of you, my chanchita!”

No podía marcar su teléfono, y empecé a angustiarme. Que el cero, el doble cero, el carrier, el código de país. ¿Cómo hago para llamar a un celular a Alemania? Ni siquiera la operadora de mi compañía sabía cómo. Y yo necesitaba decirle, así con mi voz, no por un SMS, cómo había resultado todo. El rucio estaba en Alemania, esperando las noticias de mi examen de grado, con una vela prendida desde la hora exacta en la que había comenzado mi defensa.

Por suerte mientras caminaba hacia el restaurant donde almorzaría con una amiga y ex compañera de Magíster, encontré un centro de llamados internacionales, y marqué su número.

Creo que me contestó mientras aún sonaba el primer ring, ansioso. Casi podía ver su sonrisa al otro lado de la línea, esa sonrisa entre maliciosa y de chico bueno que besé tantas veces y que ahora hubiera querido besar de nuevo.

-Tell me, tell me, honey!!!!- me dijo en lugar de “hi” o “how are you?”

-Maximum qualification, hundred percent- casi le grité, traduciendo mi 7 a porcentaje

- Yuhuuuuuu!!!! honey, such a good news!!!!!!!!!, you are fantastic!!! congratulations!!!!!!!!!- me gritaba el rucio al otro lado del teléfono y al otro lado del mundo- I want to jump right now!!!!!

-Oh yes honey, me too!!!! OK, just jump!!! We can jump together-le dije yo, saltando como una loca dentro de la caseta telefónica, que tenía vidrios hacia afuera, desde donde el administrador me miraba con cara de “pobre loca”, y diciendo al unísiono con él -jump, jump, jump, jump!

-Oh yes, I am jumpigng Darling!!! Yuhu!!!!!!!!! I am so proud of you my chanchita- el rucio me gritaba y saltaba, estaba feliz, portándose como latinoamericano y diciéndome chanchita, pero en español, así como yo le digo my schatz, que significa “tesoro” en alemán.

-Oh yes my love, I am so happy, the examination was really grate!!!!! I was very calm and full of self confidence!!!! Everything was OK and now, I am Master of Arts!!!!!!!

-Oh, please Darling!!!! tell me how was your examination!!!!

Primer acto: El examen

Entré caminando sobre mis zapatos de tango, una especie de cábala para este día tan importante. El pelo planchado y perfecto, maquillaje y accesorios sobrios, y el pantalón y la blusa que me había comprado para la ocasión, y lo principal: el deseo de querer hacerlo bien, porque realmente había trabajado duro en mi tesis y esta era la ocasión en la que podía mostrarlo.

Entré al salón vacío, casi 20 minutos antes de la hora, para cargar mi powerpoint en el computador, ver que todo funcionara y buscar la mejor posición para la silla, el micrófono, el jarro de agua. Nada podía ser al azar.

Poco a poco fueron llegando los profesores: la comisión examinadora, la directora de mi magíster. Poco a poco el minuto de la verdad, ese minuto final por el que había esperado tanto tiempo, se acercaba más. Y yo estaba tranquila, confiada, queriendo empezar mi exposición y contestar las preguntas.

Y llegó el momento. La directora del magíster me presentó ante la comisión junto con el tema de mi tesis, y guardó silencio para que yo empezara a hablar. Tomé un poco de aire, sabiendo que ese era el punto de no retorno del término de este proceso, y empecé, tal como había ensayado tantas veces en las semanas anteriores, con los agradecimientos a la comisión por los comentarios que hicieron a mi tesis.

Hice mi presentación y esperé las preguntas de los profesores, que no eran ni difíciles ni complicadas, o al menos así me lo parecieron. Respondí segura, todas juntas al final. Cuando terminé, me pidieron salir mientras la comisión deliberaba, y al cerrar la puerta tras de mí sentí que lo había hecho bien y que era altamente probable no sólo haber aprobado, sino que obtener una alta calificación.

15 minutos-siglos después, me hicieron entrar. Mientras aún caminaba hacia la silla que había ocupado durante la presentación, la comisión me agradeció la seriedad y profundidad del trabajo, y la calidad de mi presentación, y me dijeron que mi calificación era un 7 unánime. Yo estaba feliz, y en vez de sentarme, caminé hacia los profesores y los saludé uno a unos, feliz y agradecida por lo que acababa de pasar.

Trabajé duro, en serio y con dedicación en mi tesis y durante todo el magíster, pero un 7 era algo difícil, que no sucede muy a menudo, y yo me lo había ganado.

Qué felicidad! Qué descanso! Qué satisfacción más grande! Tenía que decírselo al rucio, tenía que llamarlo! Después de la foto de rigor con la comisión y la nueva Magíster, para el diario mural de la Universidad, corrí a marcar su número en mi celular, pensando en cuán nervioso estaba él, en Alemania, esperando los resultados del examen.

Quería hablar con él, escuchar su voz y su alegría, quería decirle lo bien que había salido todo, lo feliz que estaba y la celebración que iba a tener esa tarde, después de la oficina, con mi familia y mis amigos. Quería darle las gracias por estar conmigo en este momento, donde los ciclos se cierran y el futuro se abre, para empezar a pensar en los nuevos ciclos.