miércoles, 8 de junio de 2011

Caminar. Respirar. Estar.

Quiero caminar por la ciudad. Por mi ciudad.

Por esos rincones donde alguna vez me tomé un café con la gente que quiero, donde besé a alguien o donde esperé con mariposas en el estómago a uno de los tantos que por antonomasia, me han ayudado a ver lo bacán que es mi rucio.

Quiero caminar por las calles que alguna vez caminé, pensando, mirando los edificios, con Sabina o Drexler cantándome al oído. O que quizás caminé con mi paso rápido, apurada, yendo hacia otro lugar, viendo sin mirar lo que me rodeaba.

Quiero mirar. Quiero respirar.

Inversamente proporcional, como siempre: conforme falta menos tiempo para irme, más apego siento hacia la ciudad, ese ente, constructo abstracto de calles, edificios, plazas, cafés, rincones. Ese todo que es más que la suma de sus partes. Santiago. Siempre me ha sonado una palabra dulce.

El invierno es perfecto, frío y con esa luz pareja y de poco brillo que hace que las fotos salgan tan bonitas.

Caminar. Respirar. Estar.

martes, 24 de mayo de 2011

Invierno en Santiago

Ayer, después de la oficina, caminé por la ciudad. Con los guantes en la mano, el mentón hundido en la bufanda y el aire frío en la cara y el pelo. Como una caricia, como una promesa.

Caminé por lugares que hace tiempo no recorría, buscando impregnarme de ese mar de luces, oscuridad y hojas que se movían por el viento.

El frío. Me encanta que haga frío. Me recuerda esa película preciosa “Los amantes del círculo polar”, donde una pareja enamorada comprueba lo indeleble de la marca del amor en sus vidas, que casi es una predestinación.

En una de las escenas memorables, Ana, la protagonista, dice que le encanta que haga frío, porque las cosas pasan más rápido. Y yo creo lo mismo.

Caminé por la ciudad pensando en mi último invierno en Santiago, con frío y viento y árboles de hojas temblorosas y vendedoras de bufandas en las esquinas y parejas caminando rápido en la calle.

Caminé pensando que extrañaría este invierno, esta ciudad de luces, esta sensación de respirar profundo y sentir cómo el aire frío me llena los pulmones.

Caminé y me sentí un poco Ana, esperando que las cosas que tienen que pasar pasen rápido, muy rápido.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Tengo

Tengo pena.

Tengo nostalgia. No quería volver.

Tengo el cuerpo y los labios llenos de besos de mi rucio, que me van a durar dos meses y medio, justo el tiempo que debemos esperar para vernos de nuevo, porque viene a Chile en Agosto.

Tengo un nuevo timbre en mi pasaporte: el avioncito y las estrellas de la Unión Europea en tinta bicolor, indicando mi salida del espacio Schengen el 8 de mayo.

Tengo desadaptación climática después de haber tomado el avión en Zurich a 31 grados y haber aterrizado en Santiago de Chile, 18 horas después, a 8.

Tengo estrés postraumático luego de mi aterrizaje forzoso en la pega, en Santiago con tacos y horas punta, con una hora de viaje entre mi casa y mi oficina, y con gente hostil que no trepida en pegarle un codazo a quien sea por subirse al metro primero.

Tengo la mitad de mi ropa en cajas plásticas, en la casa del rucio, esperando que la otra mitad –la de invierno- complete mi closet alemán en septiembre.

Tengo la mitad de mis ahorros –con los que pagaré todo el postgrado y mi seguro de salud-guardados en una caja de mentitas en el segundo cajón del escritorio del rucio.

Tengo ilusión, esperanza, tengo el corazón puesto en el futuro, porque vi durante dos semanas el tráiler de lo que será mi vida en Alemania, y ahora sólo quiero que estrenen la película!

Tengo un pololo increíble que se despierta antes de que suene el despertador para mirarme dormir y que se llenó de orgullo porque pude andar sola en micro, comprar ropa, ir al super y pasear por la ciudad sin hablar una palabra de alemán.

Tengo una suegra y un suegro que me adoran y que están felices de que me vaya a vivir con su hijo, y una cuñadita cómplice que hasta peló a la ex polola del rucio conmigo.

Tengo tanta suerte, por la cresta!

viernes, 15 de abril de 2011

40 Euros

40 Euros me cobra Iberia por llevar una maleta extra de 32 kilos. Una maleta donde irá toda la ropa de verano que no volveré a usar hasta la próxima estación estival, que me sorprenderá en junio del 2012 en Alemania. Desde ahora, tendré un año de invierno, y por eso la ropa liviana no la volveré a necesitar en Chile, así que me la llevo y la dejo allá.

Esta será la prueba definitiva de que tengo un pie acá y otro allá (no quiero pensar qué pasará si este último Septiembre es caluroso en Chile).

40 Euros a cambio de los que podré transportar ese bikini negro que me regaló mi mamá, que milagrosamente oculta el rollo de mi cadera y me hace ver con algo más de “retaguardia” de lo que realmente tengo. Una ilusión óptica, claro está, pero que me encanta!

40 euros que me permitirán llevar los vestidos cortos de tiritas que usé el verano pasado, y ese vestido café que me encanta, con corte imperio y doble escote: el de adelante es bien pronunciado, y el de la espalda llega casi a la cintura.

40 euros por llevar las chalas, las faldas largas modelo años 50 y las poleras de un solo color que combinadas con jeans o pantalones, te hacen una facha un poquito más elegante y sin necesidad de morirse de calor.

Por 40 euros podré llevar los pijamas de verano, esas camisolas de satín cortitas que compré una vez en una liquidación de Lider a $2.990 cada una, y que de verdad parecen toda una inversión.

Por los 40 euros además voy a aprovechar de llevarme las pocas posesiones materiales de las que no me despegaría por nada del mundo: mi colección de imanes de refrigerador, con los que llenaré de color y alegría el refri que compartamos con el rucio; los libros de cuentos que mi mamá me leía cuando chica, y que yo le leeré a mis sobrinos alemanes, hijos de la hermana del rucio, que están por nacer (espera gemelos para Octubre); y mi música y mis películas fundacionales. Con la música no fue tan complicada la elección, pero para una cinéfila como yo fue como tener que elegir entre los propios hijos cuando decidí cuáles pelis se iban conmigo y cuáles no.

Es heavy pensar en el precio de las cosas: 40 Euros me va a costar llevarme la mitad de mi ropa (y la mitad de mi vida) como cuadrilla de avanzada de mi cambio de país.

viernes, 1 de abril de 2011

Hace un año (gracias)

Hace un año no te conocía, rucio.

Hace un año, había arrendado mi departamento y empezaba a juntar plata para estudiar un postgrado en España.

Hace un año me sentía menos linda, menos interesante, menos querible.

Hace un año no tenía fotos en mi billetera, ni cuenta de Skype, ni plan de llamadas internacionales en el celular, ni tarjeta de viajero frecuente en Iberia, ni maletas grandes, ni ropa interior sexy.

Hace un año jamás me hubiera imaginado enamorarme hasta las patas, y a primera vista, de un hombre que no hablaba español. Y menos que él también se iba a enamorar de mí a primera vista.

Hace un año me habría reído si alguien me decía que terminaría estudiando en Alemania un postgrado en inglés, porque cambié mis planes para estar junto al hombre del que me enamoré. Me habría reído a carcajadas.

Me contaste que hace un año estabas un poco resignado, pensando que quizás ese cuento de la media naranja era mentira, pero esperando a ver si la vida te hacía cambiar de opinión.

Hace un año tenías tu vida tranquilamente resuelta: durante la semana, un trabajo que adoras, pizza hawaii los viernes en la noche, nadar o correr en el bosque los sábados en la mañana, ver series de los ´70 los domingos, acostado hasta tarde.

Y hace un año llegué yo a tu vida, a desordenarte la rutina y la tranquilidad.

Hace un año llegaste a mi vida, para mostrarme que los planes siempre pueden ser flexibles, y que cuando el corazón te dice algo, uno no puede sino escucharlo. Y el mío me dijo “Bárbara, parece que éste es el que habías estado esperando”.

Gracias rucio. Gracias por todo lo que me has dado en este año. Y gracias de antemano por todo lo que me vas a dar en los años que vienen.

viernes, 25 de marzo de 2011

Babel


¿Qué tienen en común un vendedor por Internet en China, que no habla ni español ni alemán, un investigador universitario en Alemania que no habla español y una periodista en Chile que no habla alemán, a parte de comunicarse en inglés?

No, no se trata del último guión cinematográfico de Alejandro González Iñárritu, el genio contemporáneo de las historias entrecruzadas, y que dirigió Amores Perros y 21 Gramos. Aunque sí, la historia sí le lleva algo de Babel.

Todo partió porque el rucio empieza su nuevo trabajo la próxima semana, y yo, como la buena polola a la distancia que soy, quise comprarle un regalito para que empezara con el pie derecho y supiera que lo estoy apoyando en este proceso.

En Ebay, mi nuevo mejor amigo, encontré un “note holder”, algo así como un perro de ropa con un alambre y una base, para sostener recaditos y fotos, ideal para oficinas. U$3.99, despacho desde China gratis a todo el mundo. Era todo lo que yo necesitaba.

Compré y me contacté con el vendedor para hacer el pago. Le di mi número de tarjeta de crédito chilena, el nombre y la dirección de despacho en Alemania, y la nota extra que uno puede incluir en el envío, que decía “Honey, I send you this small gift to help you in holding your daily tasks at your new job, I love you very much! Your kittycat”.

El vendedor me respondió enviando por mail el comprobante de la transacción, e iniciando una amena conversación en la postdata: “ You know I'm so curious about your story.One in Germany and the other in Chile,how could this happen.I think it must be amazing story :-)”

Y yo le conté todo. La primera vez que lo vi y el flechazo brutal que sentimos. El viaje a Alemania. El año nuevo en Chile, mi próximo viaje a Alemania. El master que voy a estudiar y lo seguros que estamos de este paso loco y romantiquísimo que estamos a punto de dar.

Y el vendedor por Internet en China recibió la historia de amor de la chilena loca y el investigador alemán que recibiría el “note holder” como regalo.

Y la chilena loca que escribe este blog recibió el siguiente correo: “This kind of story makes our job noble and meaningful! We join people with a humble merchandising shipping! I Wish you a world of happiness and love as all your dreams come true. I will share your happiness you had has and will experience.There is saying in China "Happiness doubled if it is shared".

Y sí. Parece un guión de Alejandro González Iñárritu.

viernes, 11 de marzo de 2011

Cosas que no voy a extrañar de Chile, segunda parte: Los cajeros automáticos sin plata

Llegué corriendo al cajero: iba tarde para mi clase de inglés, que debía pagar al terminar, y por supuesto, no tenía plata. Encontrar más de mil pesos en mi billetera es digno de una medalla: no me gusta cargar con efectivo. Mientras tenga mi Bip! y mi mejor amiga (que se llama Visa y tiene una palomita holográfica en la superficie), todo bien.

Haciendo malabarismo con los dos tirantes de la cartera, la bolsa con los “tapper” de mi almuerzo y el bolso que me compré para acarrear el libro de inglés (que parece una biblia y pesa como un ladrillo), saqué la billetera y extraje la tarjeta de Redbanc.

Que el cajero la lea es otro cuento: Está tan carreteada que los cajeros más nuevos (Esos del BCI donde hay que retirar la tarjeta antes de empezar a operar), no me la leen porque son más sensibles. La banda magnética se parece más a la huincha de pólvora de las cajas de fósforos que a una tarjeta decente. El problema es que en el banco me cobra $1.290 por reemplazarla "por fatiga de material", y darla por perdida me cuesta más caro (como $3.000), así que me niego a pagar mientras pueda operar en un cajero antiguo y menos sensible.

Metí la tarjeta en la ranura y una vez que la reconoció (aleluya!), seguí las instrucciones. “Ingrese su clave”. Tecleé sobre los botones. Seleccioné “Cuenta corriente”, “Giro”, “Otro Monto”, y volví a teclear la cifra que quería. Siempre hago esto, porque me gusta escribir la cantidad de plata que necesito y no seleccionar las alternativas que me da el menú, bien ordenaditas y en múltiplos de 10 mil, no sé por qué.

“¿Desea impresión del comprobante?”. Selecciono que no, por supuesto. No estoy en condiciones psicológicas de conocer las dimensiones de mi sobregiro, producto de las clases de inglés. No me sobregiro nunca-nunca, pero este mes entre la inscripción para el TOEFL y el pago de mis clases me tiene pidiéndole al cajero que no me extienda el recibo de mi operación, como si con eso pudiera no cavar un poco más profundo en el agujero de mi línea de crédito.

Y entonces, solo entonces, después de todo este proceso, el cajero se digna a contarme que en el fondo, está como yo: sin plata. En la pantalla aparece un mensaje que me cuenta que “en este momento no es posible realizar giros desde este cajero automático”.

¿Y por qué cresta no parte por ahí? Me hace meter mi tarjeta, digitar mi clave, decirle que quiero que me de plata, ingresar cuánta plata quiero, y pedirle que no me muestre la magnitud de mi catástrofe financiera. Cinco pasos totalmente inútiles!

Podría habérmelos ahorrado diciendo que no tenía plata cuando seleccioné la opción de giro. ¿Quién programa la secuencia de estas máquinas infames? Ahora tendré que correr a otro cajero de los antiguos antes de ir a mis clases!

Segunda cosa que no voy a extrañar de Chile: los cajeros automáticos sin plata.