Soy exagerada, pero les juro que en esta ocasión no exagero. NUNCA había tenido una cita a ciegas tan desagradable como la del viernes en la noche.
En mi afán de ampliar el círculo social, acepté sugerencias de amigos hechas por otros amigos, y he establecido una política sistemática de citas para conocer gente nueva, y así como he tenido buenas experiencias, he tenido otras del terror, como la que paso a narrarles a continuación.
Tercer acto: La cuentaVolví del baño dispuesta a cerrar el negocio: ya había tenido suficiente. Sin sentarme, me paré a su lado y le dije “pidamos la cuenta?”
-Claro- me dijo él, evidentemente tan harto de mí como yo de él.
Caminé hacia la caja y saqué mi tarjeta de crédito. No iba a dejar que me invitara.
-Agrego la propina?- me dijo el cajero del café
-Sí, por favor- le dije yo
-Toma- me dijo él, parándose a mi lado y pasándome la luca que costaba el agua minera que se había tomado
-No, yo te invito, como desagravio por todo lo que te molestó el que llegara tarde- le dije yo, clavándole el último aguijón de esa conversación tirante que veníamos teniendo hace una hora
-No, toma- insistió- no quiero deberte nada
Acepté la luca estupefacta: no podía ser tan roto. El cajero me devolvió mi tarjeta de crédito y mi carnet con cara de incredulidad ante el intercambio de palabras que había escuchado, y yo aproveché un minuto en el que este pelmazo miró hacia fuera para susurrarle un cómplice “qué roto este tipo!”, a lo que conseguí una sonrisa cómplice….la primera y la única de esa noche.
Segundo acto: "Si crees eso estás terriblemente equivocada"Entramos al café, nos sentamos y pedimos. Él un agua mineral y yo un café cortado y unas mediaslunas.
La conversación partió rarísima para una primera cita: me contó que dentro de unos meses sería padre con su ex pareja, de quien estaba muy enamorado, pero sin posibilidades de volver, porque ella lo odia y no lo quiere ver nunca más (después fui entendiendo por qué).
Me contó que en el pasado tuvo onda con la amiga que me lo recomendó por Facebook, y el resto de la conversa fue una apología a lo bien que cocinaba, la cantidad de minas con las que había salido antes de emparejarse con su ex, y el proyecto cultural de circuito gastronómico que estaba haciendo con un amigo, el que según él era novedosísimo, pero según yo, no tanto.
-Pero como que no tanto? Has escuchado algo parecido?
-Claro, rutas patrimoniales de restaurantes en varios barrios de Santiago…- le dije yo
-Ah, pero nada como esto!!!
-De más- dije yo, sin muchas ganas de discutir
-Además, esto de la crisis financiera es una mentira, mira lo llenos que están los restaurantes, es un gran negocio potenciarlos ahora
-Como que una mentira? Lo que pasa es que aún no llega a Chile, pero espérate a marzo o abril- dije yo, o más bien la economista que llevo dentro
Y ahí empezó una conversación de lo más desagradable, de un proselitismo socialista nunca antes visto por mí:
-Es que el sistema económico dominante te quiere hacer creer esas cosas, para justificar sus fallas
-Como así?
-Claro, como un lavado de cerebro, entiendes?
-Entiendo, pero no estoy de acuerdo. Todas las cifras hablan de crisis, países industriales como Alemania y Francia están en recesión por primera vez en 20 años y en varias otras crisis económicas, y eso es un dato innegable
Él sonrió, tomó un trago de su mineral y me miró como si hubiera argumentado acerca de la existencia del viejito pascuero o del conejito de los dientes.
-Si crees eso, estás terriblemente equivocada
Eso era demasiada belicosidad, demasiada animosidad gratuita en un contexto donde uno quiere conocer al otro, pasar un buen rato y divertirse, así que agarré mi cartera y mientras me paraba de la silla, le dije “voy al baño”.
Al subir y mirarme al espejo, me pregunté qué había hecho yo en otra vida para merecer una cita así: ahogar gatos chicos? Maltratar a mi abuelita? Asustar a las guaguas en la calle? No!!! Nada de eso, soy una buena persona, más o menos simpática, razonablemente entretenida y no menos guapa, así que aunque la cita no había durado ni una hora, ese era el momento de correr.
Primer acto: Voy 10 minutos tardeAndaba de compras y me pilló la hora. Por el calor y las bolsas con las que andaba, era menester pasar a mi departamento a dejar la carga, darme la ducha de rigor y después irme a Lastarria a juntarme con mi cita.
Entonces, lo llamé para avisarle que iba 10 minutos tarde.
-Chuta, pero habíamos dicho a las 8- me dijo
-Sí, son 10 para las 8 y voy entrando a mi depto que queda al lado de Lastarria, dejo las bolsas de las compras y me voy para allá
-Bueno- me dijo poco entusiasmado.
Yo dejé la carga, me di una ducha rapidísima, me hice un moño (el tiempo no alcanzaba para peinado), y salí corriendo a juntarme con este tipo.
-Voy llegando!- le dije cuando estaba a media cuadra del lugar indicado
-Menos mal, aquí estoy parado en la calle esperándote- me dijo con tono de apestado.
Al llegar, me di cuenta de que los 10 minutos de atraso habían sido un pecado mortal: tenía una cara de 5 metros de largo, y no bien me saludó, se puso a hablar sobre la gente impuntual, a decir que él era super puntual y que los demás no entendían la falta de respeto que era dejar esperando a alguien
-Mira, por lo menos te avisé que venía tarde- le dije- y si tanto te afecta, mejor lo dejamos hasta acá, porque la idea de juntarnos era pasarlo bien, o no?- le dije
-No, está bien. Vamos a ese café- me dijo él, lamentablemente, porque un "sí, dejémoslo acá" me habría ahorrado un verdadero mal rato.