Todo es subjetivo, y el infierno también. Me acuerdo de una película muy tonta: Bill y Ted, los sementales salvajes (donde actuaba un insufriblemente joven Keanu Reeves), donde se planteaba que al morir, si habías sido malo, ibas a tu infierno personal: es decir, estabas toda la eternidad con tus peores miedos, con la gente que más odiabas o en situaciones que para ti eran desagradables.Y bueno, sin necesidad de morirme, ni de ser demasiado mala, estuve 6 meses en mi infierno personal. Trabajé casi tres años en un portal de Internet, y por cosas del destino y movidas de gente, los seis últimos meses de ese trabajo los pasé como productora de fotos.
El título suena glamoroso, pero en la práctica, mi pega consistía en contactar a modelos conocidas para que hicieran sesiones de fotos, conseguirme ropa interior y trajes de baño prestados, y un lugar apropiado para hacer las fotos, todo “for free”.
Además, debía asistir a las sesiones de fotos y dirigir el cuento, pero también tenía que ir al supermercado el día antes a comprar el catering, o colación para el equipo. Cuento corto, dos veces a la semana arrastraba bolsas gigantescas de jamó de pavo (las modelos no comen de otro, porque ese tiene menos grasa), bebidas Light, pan con biosal (el sodio retiene líquido) y galletas y cosas normales para el resto del equipo.
Además, debía cargar con dos maletas de esas gigantes y con ruedas, llenas de tules, velos, flores de plástico y miles de accesorios para adornar las fotos.
Además, en las sesiones tenía que hacerle los sándwich a las modelos, traerles sus zapatos y ropa para que se cambiaran, y andar todo el rato detrás de ella para que no ensuciaran la ropa con el maquillaje y para que no dejaran todo tirado como es su costumbre.
Mención a parte merece el cuidado de la ropa interior, porque había que devolverla impoluta, cosa absolutamente complicada en el caso de los colaless, como podrán imaginarse. Sólo diré que más de una vez me tocó lavar calzones usados por modelos.
A la mayoría de las chicas famosas que salen en la TV (onda Coré López, Amalia Granata, Gisela Molinero, por nombrar algunas) me tocó verlas con poquísima ropa, porque como es parte de su trabajo, la mayoría (no todas, hagamos justicia), se cambian de ropa sin tomar muchos resguardos para que no las vean. Eso se incrementa con que a veces, sacando fotos en el medio de la nada, no puedes contar con baños o cosas como esa para el cambio de ropa.
Para colmo, como a estas chicas les conviene salir en sesiones de fotos, muchas me llamaban para pedirme una sesión. Una vez iba en el metro y suena mi celular. Contesté y del otro lado me dijeron “Hola, soy la Carlita Ochoa”. Plop!
¿Se les ocurre algo más lejano a una pega normal?
A mi favor debo decir que odio la frivolidad del mundo de las modelos, soy lo menos farandulera que hay, y me enteré de la existencia de modelos supuestamente muy conocidas el día en que me tocó hacerles una producción de fotos. Odio andar cargada y con paquetes por la vida, y en cuanto al cuidado personal soy bastante relajada, porque creo que la belleza no es algo objetivo sino que una actitud. Odio hacerles sandwiches a modelos, y no estudié cinco años en la universidad más prestigiosa de Chile en mi área para andar acarreando zapatos de taco alto de un lado para otro.
Sé que para muchos de mis colegas (sobre todo los varones) habría sido una pega ideal, pero no para mí.
Lo pasé mal esos seis meses, busqué otro trabajo desde el primer día, y cuando encontré uno que me convenciera, seis meses después, me mandé a cambiar sin pensarlo dos veces. El día que renuncié destapé una champaña con mis mejores amigos, la que tenía guardada hace meses para celebrar mi renuncia.
Me acordé de esto porque hace poco cumplí seis meses en mi nueva pega, a la que me cambié después de mis seis meses en el infierno, y es increíble cómo sucesos que ocurrieron hace seis meses pueden parecer tan lejanos, tan atrás en el tiempo, tan ocurridos hace miles de años.
