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martes, 17 de julio de 2007

Todo vuelve a la normalidad

Frijoles negros

-Mami, le pongo más caldo?
-Póngale más caldo – Dije yo, relamiéndome sobre el plato vacío en el que hace poco rato hubo una sopa de porotos negros que me zampé en un tiempo indecorosamente corto.
-Parece que te gustó, mami
-Me encantó! Demasiado bueno. Había comido porotos negros pero nunca en sopa…realmente notables
-Sí, es que soy un excelente cocinero, y además tengo sentada frente mío a la mejor inspiración. Es que tú eres un sueño de mujer, mami, eres deliciosa
-Ah si? Pero no creo que más que los porotos negros, jajajaja
-Para mí, más que todo.

14 horas antes
Lunes feriado en la noche, caminaba por la sección de verduras del supermercado buscando en qué bolsillo había puesto la lista de las compras, cuando un tipo moreno (mulato según me corrigió después), no muy alto ni muy guapo, con cara de caribeño, pasa por mi lado y me dice “mami, que bella que eres”. Yo me reí ante lo inesperado del comentario, y proseguí mis compras.
Poco después, en la sección de perfumería, probaba unos body mist cuando el sujeto se para a mi lado y me dice “mami, tu no necesitas eso, porque eres un sueño y los sueños no se perfuman”. Debo reconocer que me hizo gracia. Nos pusimos a conversar y me contó que era ecuatoriano, que estaba hace un año en Chile y que se pagaba sus estudios de informática trabajando de mozo.
-¿Y donde vives, mami?
-Cerca de aquí
-Mira, yo también…
Tras preguntarle donde, me dio la ubicación y número de mi edificio. Curiosamente vivíamos donde mismo, pero con 3 pisos de diferencia.
-Pero esto hay que celebrarlo!!!!- dijo, preguntando si prefería vino o champaña. Por supuesto escogí lo primero.
Nos tomamos la botella completa de Casillero del Diablo, conversamos de Ecuador, de la situación de los cafeteros (su familia tiene plantaciones) y de su enfrentamiento violento con el frío magallánico meridional que ha hecho en los últimos días.
Al despedirse, me invitó a almorzar a su casa (“Te voy a hacer una comida bien sabrosa, mami, frijoles negros como los preparamos en Ecuador”) y me dijo que yo era una hechicera porque lo había embrujado, que era la mujer más linda que había conocido en un supermercado (lo que sumando y restando no es tanto halago, porque no es una situación muy común que digamos), y que le encantaba mi manera de ser.
Yo sólo me reía ante su labia centroamericana un poco jote. El tipo me cayó bien, era simpático, pero cero posibilidad de nada más. En todo caso, tomé la oferta del almuerzo y la buena onda porque hace tiempo que no me pasaba algo telesérico, fuera de lo común y digno de contar, como que alguien me piropee en el supermercado, se acerque a hablarme, resulte simpático y agradable, y que coincidentemente viva en el mismo edificio que yo. Parece que después de todo, las cosas están volviendo a la normalidad, o por lo menos, a mi normalidad.