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domingo, 23 de marzo de 2008

De vuelta...

Vuelvo al (y del) Sur

Una de mis amigas me decía que conocía a poca gente que como yo, tuviera experiencias cercanas a lo religioso en contacto con la naturaleza. Debe ser porque no soy religiosa ni me considero demasiado espiritual, pero sí profundamente sensible a la belleza natural, sobre todo en climas fríos y lluviosos.
Así que como siempre, agarré mi mochila y me fui a conocer una zona que no conocía de esa parte de Chile: Entre Isla Huapi y Puerto Octay, y hacia la zona cordillerana hasta llegar al lago Maihue.
Como siempre, hubo gente maravillosa que me acogió en su casa como si fuera de su familia, que me dio de su comida, y me hizo sentir parte de algo que a simple vista no tiene nada que ver conmigo, pero que ahí está, como un lazo invisible, difícil de explicar pero tan fácil de sentir.
Cuando viajo, voy a buscarme a mí misma: a la yo que se sorprende y se maravilla de los insectos multicolores, de las caídas de agua, del frío de los ríos, de la transparencia de los lagos y de ese momento justo antes de quedarse dormida en el que uno sólo escucha el clamor del agua, lejano, y el viento que se enreda entre los árboles.
Por eso siempre vuelvo al Sur, siempre voy a buscarme de vuelta, a sentirme aventurera, sorprendida, adaptable…en contacto con todo.

La última llovizna

Pese a lo que me han dicho a veces, creo no tener una vida amorosa miserable, y de hecho, aquel dicho que reza “no llueve pero gotea” creo que se hizo a mi medida.
Mi última aventura fue Mulder (protegeremos su identidad con esta chapa tan a lo “X Flies”).
Bailaba en una disco con mi amiga cuando, aburrida de que el chico que originalmente había llamado mi atención no me mirara, decidí acercarme a la barra a comprar una bebida. Íbamos caminando cuando un tipo le ofrece un cigarro a otro, y mi intención de seguir avanzando quedó frustrada por la extensión de manos. Mulder reparó en mí y le dijo a su amigo (que estaba ofreciendo el cigarro) que fuéramos los cuatro a bailar.
Perteneciente a una de las Fuerzas Armadas y de Orden, dos años menor que yo, bastante rico pero atrozmente derechista, cuadrado con su Institución, intolerante ante la diversidad y amante de su profesión. Qué más puedo decir de él?. Besaba bien pero pese a que llamó un par de veces después de que nos despedimos de beso y abrazo en la puerta de mi edificio, luego de que como todo un galán nos fuera a dejar en auto, la cosa no dio para más.
Como dije una vez, hay cosas que uno hace por un afán meramente deportivo, que hay que tener cuidado de dejar así. Total, ambas partes ya tuvieron su ganancia.

Cumpleaños

Siempre es difícil cumplir años, sobre todo (como escribí hace exactamente un año en este mismo blog) cuando uno no tiene a nadie especial que sostenga la torta mientras todos cantan el Cumpleaños Feliz. Nadie que te mire con esa mirada que es imposible que otra persona te dé en ninguna otra circunstancia que no sea en esa media luz, entre las pequeñas llamitas puestas sobre la torta y que cada año van siendo más.
El catastro entre ese post y este es bastante bueno, por cierto. No me siento miserable ni desdichada ni mucho menos, pero como le comenté a una amiga, echo en falta eso de tener a alguien con quien poder contar, a quien llamar para organizar una salida al cine improvisada, sin pensar en “a lo mejor debí esperar a que me llamara él”.
Entonces, eso es justo lo que pediré cuando el 26 de marzo sople las velitas de mi torta, sostenida por alguna de las personas que me quiere mucho y que quiere lo mejor para mí.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Verdades de perogrullo

El sur es mágico. Tengo una conexión especial con las caletas de pescadores, los pequeños pueblos de casas con cocinas a leña y las laderas húmedas, tapizadas de árboles entre los que se enredan las nubes.
Agarré mi mochila y me mandé a cambiar, sin planes, sin panorama fijo, sin reservas para el alojamiento y casi sin plata. Y casi me quedo a vivir en Puerto Cisnes. Hubiera sido fácil: pedirle a mi mamá que arrendara mi departamento en Santiago, establecerme en la pega que me dijeron que estaba vacante en la salmonera, de jefa de comunicaciones internas, buscarme una casa linda, de madera, con una cocina amplia y dedicarme a conocer la región los fines de semana. Demasiado tentador.
Pero me llamé a la cordura, porque una decisión tan importante se toma con tiempo y se hace bien, dejando todo listo, todo dispuesto. Además, me conozco y sé que un par de semanas después de haberme establecido en el sur estaría vuelta loca deseando un cine, un café decente, un supermercado, porque también tengo marcado a fuego mi lado citadino.
Lo bueno es que el viaje me sirvió para pensar, para despejarme de tanta cosa superflua que me ha inquietado en el último tiempo, y para recobrar una verdad que puede parecer de perogrullo, pero que a veces olvido: hago las cosas que hago por mí, para mí, por mi felicidad y mi bienestar, no para los demás. Por eso, como ya me había dicho una amiga a pito de un horóscopo azteca, mi problema es que vivo demasiado enfocada en el futuro, construyendo las cosas que disfrutaré dentro de algún tiempo, pero que fallo al disfrutar el presente sin complicaciones, ese presente de olor a mar y a leña quemada, de mañana nubosa, de botes a remo y llovizna en el muelle que me regaló la XI Región.