Vivo en Melrose Place, o al menos así le decimos con mis vecinos al piso 9 de mi edificio. Prometeo, amigo de años, arrienda uno de los departamentos, y producto de mi carácter sociable he conocido a todos los que viven ahí, por lo que se puede decir que al bajar del ascensor, se entra a una casa grande con piezas en lugar de departamentos.Nos juntamos a menudo, salimos a almorzar afuera y algunas veces, como el domingo pasado, tomamos té y nos quedamos conversando hasta tarde.
La particularidad del piso 9 no es sólo esa: es además el piso de los separados. Dos de mis vecinos se encuentran en esta situación, en la que están desde un tiempo más o menos reciente, de modo que han podido compartir experiencias y vivencias acerca de las visitas a los hijos, las pensiones alimenticias, el planchado de las camisas y el despertarse solo cada mañana en una cama matrimonial.
Producto de esas conversaciones me he dado cuenta de que a mis 27 años, la gente que puedo conocer con algún potencial de pareja cada vez se aleja más del joven profesional despreocupado con el que hace un año o dos solía salir, ese que está trabajando hace poco tiempo, con un par de pololeos en el archivo, y la vida por delante para hacer lo que se le plazca, y se acerca más al adulto joven que supera los 30, que probablemente tiene hijos o está separado, o ambas, y que por lo mismo, ha adquirido una serie de responsabilidades que vienen en el pack junto a todo lo demás.
Porque seamos honestas, si uno conoce un tipo culto, simpático, tierno, lindo, de treinta y algo, y que no se haya casado o haya tenido una relación importante de manera reciente, pensamos que debe haber gato encerrado (y probablemente lo haya).
Lo que pasa es que aunque nunca he estado en la situación, debe ser complicado decirle a las amigas “no, mi pololo no pudo venir porque tenía que ver a sus hijos”, o bancarse el “mi amor, no puedo salir contigo este fin de semana porque tengo que ver a los niños”. Eso debe ser super fuerte, considerando que un hijo de por medio implica también una ex pareja con la que habrá un vínculo duradero e indisoluble.
No sé si yo esté dispuesta a eso, a estar con alguien que tenga hijos, y aunque tampoco es una situación ideal, prefiero un separado sin progenie.
Una vez ya estuve ahí, y la cosa terminó catastróficamente cuando encontré al susodicho con su ex esposa, entre las mismas sábanas en las que habíamos dormido la noche anterior.
El punto de todo esto es que Melrose Place es un fiel reflejo de la realidad a la que nos enfrentamos las mujeres de mi edad, y de la que probablemente saldrá nuestra futura pareja: los hombres disponibles se dividen en dos tercios separados y con hijos (mis dos vecinitos), y un tercio de solteros que con toda razón, nos levanta sospechas (mi amigo Prometeo).





