martes, 6 de noviembre de 2007

Lo importante no son los gestos...

Vive en el piso 7 de mi edificio. Lo conocí el verano pasado en el ascensor, cuando algo “contenta” a causa de un par de pisco sours, lo invité sin ningún miramiento a carretear con unos amigos en la terraza del edificio.
En esa ocasión, terminé a las 2 de la mañana, en bikini y con otro de mis amigos, nadando en la piscina. Quedó loco.
Luego de eso y sin la influencia etílica, caché que era mejor pescarlo poco, porque había quedado bien entusiasmado con la simpática y sociable vecinita del 9.
Y eso me resultó hasta el día en que entraron a robar a mi departamento, un par de meses atrás, cuando en medio de la vorágine me encontré con él en conserjería. Amablemente, se ofreció a llamar al administrador del edificio porque tenía su número, y a prestarme su teléfono fijo para llamar a Carabineros, porque no conseguía hacerlo desde mi celular.
Se portó como un rey, creo que hasta me dio un abrazo y me dijo que lo llamara a cualquier hora y por cualquier cosa si tenía problemas. Me dio su tarjeta y al otro día, como soy una persona decente, le mandé un mail para agradecerle su ayuda.
Y ahí cagué. Casi todos los días me habla por el Chat de Gmail, me pregunta cómo estoy, como desperté y como me ha ido, me trata de usted (“como amaneció? , Tiene mucha pega?”), y hace un mes empezó con que me tenía un regalo y que lo pasara a buscar a su departamento.
Por supuesto, se trataba de un pescador muy rudimentario tratando de pescar un pez bastante astuto con un anzuelo demasiado común y corriente, de modo que nunca fui, excusándome por mi falta de tiempo.
Un día, en medio de mi reunión semanal de trabajo con mi profe, tocan el timbre. Abrí y era él.
-Hola, como estás?
-(Cara de incomodidad) bien, pero ocupada….-Al abrir, evidentemente vio a mi profe.
-No, si sólo te traía tu regalo, como no has tenido tiempo de pasar por mi casa- dijo, pasándome un pequeño macetero con brotes muy verdes y pequeños.
-Gracias, te pasaste! – le dije muy sinceramente
-Es cilantro, lo planté yo…pensé que como te gustaba cocinar te iba a ser útil
-Uf, un montón, muchas gracias.
Fue un lindo gesto, lo reconozco, y lo aprecié de verdad, pese a que el cilantro se me secó aunque lo cuidé bastante. Presumo que eran demasiadas plantitas para un macetero tan pequeño.
El punto es que ha seguido en la misma dinámica del “como le va?” matinal y “qué tal su almuerzo?” del mediodía.
Esta experiencia me ha hecho reflexionar sobre lo que cambia la perspectiva de uno cuando tiene sentimientos involucrados. Si él me interesara, lo encontraría adorable, simpático y demasiado preocupado, pero como no es así, seguirá en la categoría del pretendiente demasiado pegote al que a veces no le contesto sus Chat de Gmail porque me da lata.
Entonces, lo importante no son los gestos del otro, no es la cantidad y tipo de detalles que tenga con uno, no es el tipo de trato que te den, sino simplemente qué te provoca la otra persona. El resto es un accesorio, importante por cierto, pero que está en función de lo otro, del aprecio por la otra persona y de las ganas que uno tenga de darle un valor significativo a todos esos gestos que si no, resultan hasta vacíos y molestos.

viernes, 26 de octubre de 2007

¿Por qué fallan los matrimonios?

En Melrose Place, el piso 9 del edificio donde vivo, la mayoría de mis vecinitos obedece a la siguiente descripción: hombre, 35 años, separado, al menos un hijo.
Uno de mis amigos, al que veo esporádicamente pero con el que tengo amplio contacto por e-mail, me acaba de contar que se separa. Llevaba 4 años casado y no tiene hijos, y lo suyo era una relación de agachar el moño constantemente para que la cosa funcionara más o menos bien.
Mi profesor, con el que trabajo en una ayudantía desde comienzos de año, me contó que se también se separaba, y que iba a empezar a socializar esa decisión este verano, cuando sus hijos ya no estén en el colegio. La mayor tiene 14 y el menor, 8.
Incluso tengo varias compañeras de la U que se casaron y que luego se separaron sin siquiera terminar de pagar las 24 cuotas de la luna de miel, la fiesta, el vestido y el arriendo de la iglesia.
¿Por qué fallan los matrimonios?
Un proverbio inglés reza que el matrimonio es como una ciudad sitiada: los que están afuera quieren entrar, y los que están adentro quieren salir, pero como tanto! ¿Será que se acabó la paciencia, la tolerancia o las ganas de solucionar las cosas, o que simplemente ahora están las condiciones materiales y económicas para que las parejas que se avienen mal se separen en vez de aguantarse eternamente como pasaba antes?
Tengo una teoría personal. Creo que ahora, como la gente se enfoca más que antes en lo laboral, en lo profesional y en lo personal, se tarda más en encontrar pareja, y por eso, se casa más pronto y el matrimonio viene a reemplazar al pololeo, en tanto la gente se conoce verdaderamente cuando ya está casada, y decide si seguir junta o no. Lo malo es que eso no sólo implica un corte de relaciones, sino que un quiebre matrimonial, que muchas veces se produce con hijos de promedio.
¿Qué puede hacer uno para que los matrimonios no fracasen? Sin haberme casado nunca, y sin estar desesperada por hacerlo, creo que lo básico es la comunicación y la honestidad, incluso para plantear temas difíciles y complicados, y para saber que cualquier cosa que suceda mientras “la muerte no los separe”, será resuelta o conversada de a dos.
Parece simple, pero sin embargo, creo que nadie se casa creyendo que va a separarse en algún momento, por lo tanto, todos deben tener más o menos ese tipo de apreciaciones respecto al matrimonio, pero la cosa falla igual. ¿Será la vida moderna, la intolerancia o la falta de afecto la que hacen que la gente se separe?

lunes, 22 de octubre de 2007

Capacidad de asombro

-¿Será que yo soy la grave? Lo que pasa es que me parece totalmente normal no estar dispuesta a estar con alguien que se va todos los fines de semana de carrete con sus amigos, que llega curado, que no sabe qué quiere en la vida y que está marcando el paso en una pega que todavía no sabe si le gusta o no. Te juro que esta prolongación de la adolescencia de los hombres me tiene bien aburrida.
Mi amiga, que iba manejando, señalizó para doblar, me miró de reojo, frunció los labios y asintió, como diciéndome “sí, yo creo que tú eres la grave”.
Creo que otras veces he hablado de ella. Nos conocemos desde los 13 años, es preciosa, muy inteligente, y sabe perfectamente cómo hacer que un hombre se sienta necesitado, que piense que está salvando a una damisela en apuros (como tanto les gusta a ellos), siendo que ella no es ni damisela ni tiene ningún apuro.
-A ver - me dijo cuando ya habíamos doblado- de que eres mañosa, eres mañosa. Pero también tienes algo de razón, porque el tipo que me describes sí existe. En todo caso, hay que confiar en las excepciones, porque también hay tipos que no son así.
-Sí, es cierto eso, pero lamentablemente me he dado cuenta que los tipos que he conocido, casi sin excepción, siguen siendo adolescentes en cuerpo de hombres, igualitos a como eran en primer año de universidad. Lo que más me quema de eso es que perdí la capacidad de asombro. Conozco a alguien, salgo una o dos veces con él y siento que ya sé todo lo que viene, como que son todos iguales. Igual al anterior, igual al siguiente...
-Y no será que estás buscando equivocadamente?
-Buscando en el lugar equivocado?
-No, buscando en lugar de esperar a alguien que te sorprenda
Y me quedé pensando mientras miraba por la ventana del auto hacia la calle. Tal vez ese sea el problema, que yo siempre busco, y tengo que esperar. Mala cosa, porque soy demasiado impaciente.

viernes, 19 de octubre de 2007

No me digas “mi amor”

Conoces a alguien, salen un par de veces y todo OK. Es un tipo lindo, simpático y con tema de conversación, tres cualidades que tienden a no aparecer juntas en el común de los hombres.
Todo va bien, te llama un par de veces a la semana y siguen saliendo. Las cosas llegan rápidamente a los besos y a los abrazos, y en ese momento, es cuando se despacha aquella frase después de la cual, al menos yo, no puedo seguir. Te dice “mi amor, eres tan linda”.
En ese momento, la película romántica que en la que esta proto relación se estaba convirtiendo, se detiene de golpe y porrazo: se enredó la cinta en el cabezal, el celuloide se enganchó en la proyectora o la raya del DVD fue demasiado para el lector y no pudo continuar reproduciéndola.
Mi problema es que estoy consciente de la profundidad de la palabra amor, y no puede sino sonarme mentiroso que alguien que me conoce hace dos semanas me diga así. Uno dice “me gustas”, o a lo sumo “te quiero”, pero creo que debe pasar tiempo, haber más conocimiento y mayor cantidad de sentimientos involucrados para que te traten de ese modo.
Cuando me dicen “mi amor”, o “te amo”, me gusta que me lo digan a mí, y no que sea la manera cariñosa que tiene el otro para tratar a quienes viene recién conociendo. Para mí, lo lógico es que te lo digan cuando lo sienten, no como una bonita palabra de cortesía.

viernes, 12 de octubre de 2007

5 años

Rosa Montero, una de mis escritoras favoritas, decía que las células que más viven en nuestro cuerpo son las de los huesos, que duran 5 años.
Es decir, cada 5 años, y sólo desde el punto de vista biológico, somos seres distintos, y lo que nos hace mantener nuestra identidad a través del tiempo es el discurso que nosotros armamos sobre nosotros mismos, la manera en cómo nos construimos y con la que nos planteamos ante los otros.
Todo esto, a pito de que una de mis mejores amigas me recordó que hace casi 5 años que dimos nuestro examen de grado y nos convertimos oficialmente en periodistas.
Pensé en cómo era entonces: Pesaba como 5 kilos más de lo que peso ahora, usaba el pelo naturalmente ondulado, estaba enamorada y tenía planes de convivencia, juraba que iba a trabajar toda mi vida en un vespertino, corriendo todo el tiempo y persiguiendo las noticias, y que tendría un par de hijos en no demasiados años.
Hoy soy demasiado distinta, no sólo por el peso y el pelo liso. Entendí que para el amor, como para el tango, hacen falta dos y esa es una valiosa lección. Descubrí que después de trabajar 3 o 4 años persiguiendo noticias en una radio y luego en Internet ya tenía suficiente, y opté por una pega menos estresante pero entretenida en otra área, donde puedo desarrollarme y también tener tiempo para estudiar otras cosas.
5 años. Tanto tiempo y a la vez tan poco, es increíble que hasta en las fotos de ese día me veo distinta. Básicamente, porque en una aparezco con una amiga que me puso la mano en la guata y parezco embarazada, pero también hay otras cosas, como más experiencia de vida y un enfoque distinto para lo que viene.
PD: Esta foto es un homenaje a mi estación favorita, el invierno, que ya nos dejó definitivamente.

lunes, 1 de octubre de 2007

El documental

Contra mi tenaz negativa a tener contacto con mis ex pololos, he tenido un intercambio emilístico (de e-mails) con uno de ellos. En estos días.
Me rehúso a ser amiga de un ex (sin importar quién terminó ni por qué motivo) porque sostengo que si uno los quiso como pareja y no como amigos, es imposible construir una relación que ya no se dio en un primer momento.
Él era periodista como yo, pero se dedicaba a hacer documentales. Uno de ellos lo tuvo tan absorto en sí mismo que no tuvo tiempo ni espacio para ver que yo pasaba un momento difícil, y me dejó sola. La cosa por supuesto acabó mal, pero quedé con el alivio de haber salido de una situación que me generaba conflicto y preocupación constante, y dada mi coyuntura conflictiva de ese momento, también pena innecesaria.
Lo bueno de todo esto es que al parecer, el tiempo que le dedicó al documental le redituó bastante, porque se ha ganado un par de premios en festivales chilenos y ahora está en la selección de participantes de algunos extranjeros, y la próxima semana va a ser mostrado en el Festival de Cine de Valdivia, fuera de competencia.
Él me avisó para que lo viera, porque había dejado para los créditos del final la canción que le había propuesto (La Cigarra, de León Greco), y había también un agradecimiento para mí.
Le mandé un mail agradeciendo el gesto y diciéndole que lo veré cuando tenga una oportunidad, porque este año no me arrancaré a Valdivia, como suelo hacer. Después de esos mails, en los que hubo sinceridad y buena onda, quedé con el sentimiento de que después de todo, los últimos meses de esa relación no fueron tan estériles como yo creía, y que ese pololeo me dejó un buen sabor de boca.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Verdades de perogrullo

El sur es mágico. Tengo una conexión especial con las caletas de pescadores, los pequeños pueblos de casas con cocinas a leña y las laderas húmedas, tapizadas de árboles entre los que se enredan las nubes.
Agarré mi mochila y me mandé a cambiar, sin planes, sin panorama fijo, sin reservas para el alojamiento y casi sin plata. Y casi me quedo a vivir en Puerto Cisnes. Hubiera sido fácil: pedirle a mi mamá que arrendara mi departamento en Santiago, establecerme en la pega que me dijeron que estaba vacante en la salmonera, de jefa de comunicaciones internas, buscarme una casa linda, de madera, con una cocina amplia y dedicarme a conocer la región los fines de semana. Demasiado tentador.
Pero me llamé a la cordura, porque una decisión tan importante se toma con tiempo y se hace bien, dejando todo listo, todo dispuesto. Además, me conozco y sé que un par de semanas después de haberme establecido en el sur estaría vuelta loca deseando un cine, un café decente, un supermercado, porque también tengo marcado a fuego mi lado citadino.
Lo bueno es que el viaje me sirvió para pensar, para despejarme de tanta cosa superflua que me ha inquietado en el último tiempo, y para recobrar una verdad que puede parecer de perogrullo, pero que a veces olvido: hago las cosas que hago por mí, para mí, por mi felicidad y mi bienestar, no para los demás. Por eso, como ya me había dicho una amiga a pito de un horóscopo azteca, mi problema es que vivo demasiado enfocada en el futuro, construyendo las cosas que disfrutaré dentro de algún tiempo, pero que fallo al disfrutar el presente sin complicaciones, ese presente de olor a mar y a leña quemada, de mañana nubosa, de botes a remo y llovizna en el muelle que me regaló la XI Región.