Vive en el piso 7 de mi edificio. Lo conocí el verano pasado en el ascensor, cuando algo “contenta” a causa de un par de pisco sours, lo invité sin ningún miramiento a carretear con unos amigos en la terraza del edificio.En esa ocasión, terminé a las 2 de la mañana, en bikini y con otro de mis amigos, nadando en la piscina. Quedó loco.
Luego de eso y sin la influencia etílica, caché que era mejor pescarlo poco, porque había quedado bien entusiasmado con la simpática y sociable vecinita del 9.
Y eso me resultó hasta el día en que entraron a robar a mi departamento, un par de meses atrás, cuando en medio de la vorágine me encontré con él en conserjería. Amablemente, se ofreció a llamar al administrador del edificio porque tenía su número, y a prestarme su teléfono fijo para llamar a Carabineros, porque no conseguía hacerlo desde mi celular.
Se portó como un rey, creo que hasta me dio un abrazo y me dijo que lo llamara a cualquier hora y por cualquier cosa si tenía problemas. Me dio su tarjeta y al otro día, como soy una persona decente, le mandé un mail para agradecerle su ayuda.
Y ahí cagué. Casi todos los días me habla por el Chat de Gmail, me pregunta cómo estoy, como desperté y como me ha ido, me trata de usted (“como amaneció? , Tiene mucha pega?”), y hace un mes empezó con que me tenía un regalo y que lo pasara a buscar a su departamento.
Por supuesto, se trataba de un pescador muy rudimentario tratando de pescar un pez bastante astuto con un anzuelo demasiado común y corriente, de modo que nunca fui, excusándome por mi falta de tiempo.
Un día, en medio de mi reunión semanal de trabajo con mi profe, tocan el timbre. Abrí y era él.
-Hola, como estás?
-(Cara de incomodidad) bien, pero ocupada….-Al abrir, evidentemente vio a mi profe.
-No, si sólo te traía tu regalo, como no has tenido tiempo de pasar por mi casa- dijo, pasándome un pequeño macetero con brotes muy verdes y pequeños.
-Gracias, te pasaste! – le dije muy sinceramente
-Es cilantro, lo planté yo…pensé que como te gustaba cocinar te iba a ser útil
-Uf, un montón, muchas gracias.
Fue un lindo gesto, lo reconozco, y lo aprecié de verdad, pese a que el cilantro se me secó aunque lo cuidé bastante. Presumo que eran demasiadas plantitas para un macetero tan pequeño.
El punto es que ha seguido en la misma dinámica del “como le va?” matinal y “qué tal su almuerzo?” del mediodía.
Esta experiencia me ha hecho reflexionar sobre lo que cambia la perspectiva de uno cuando tiene sentimientos involucrados. Si él me interesara, lo encontraría adorable, simpático y demasiado preocupado, pero como no es así, seguirá en la categoría del pretendiente demasiado pegote al que a veces no le contesto sus Chat de Gmail porque me da lata.
Entonces, lo importante no son los gestos del otro, no es la cantidad y tipo de detalles que tenga con uno, no es el tipo de trato que te den, sino simplemente qué te provoca la otra persona. El resto es un accesorio, importante por cierto, pero que está en función de lo otro, del aprecio por la otra persona y de las ganas que uno tenga de darle un valor significativo a todos esos gestos que si no, resultan hasta vacíos y molestos.






