miércoles, 13 de agosto de 2008

Llegó la primavera (?)

Segundo acto: la confirmación

Paseo Huérfanos, 7 de la tarde. La vida es una pasarela y yo camino rumbo a las liquidaciones, mi nueva frívola diversión mientras estoy de vacaciones del magíster y no tengo que cargar libros, fotocopias ni nada que pueda impedirme llevar una bolsa con el logo de alguna multitienda en cada mano.
Semáforo en rojo y lo veo al otro lado de la calle: uno de mis últimos pretendientes, que describiré escueta y cruelmente: no muy agraciado, ni muy entretenido, ni muy simpático, ni muy inteligente, y que quedó descartado pese a que me di una oportunidad con él (no entiendo por qué seguimos haciendo esas cosas, si nunca resultan…). En fin, ahí estaba él, al otro lado de la calle, de la mano con una chica preciosa, de pelo largo y un abrigo maravilloso que fue lo único que despertó mi envidia.
¡Emparejado! Es que no pude creerlo. No es que pensara que por poco agraciado, poco simpático y poco inteligente se iba a quedar soltero eternamente, pero de todos modos la visión me dejó inquieta. Probablemente porque me confirmó que esta situación ya era una tendencia.

Primer acto: el ex emparejado (5 días antes)

Con mi ex pololo ahora amigo todo ha andado muy bien. Salimos, vamos al cine y vemos películas de terror, uno de nuestros gustos compartidos e inconfesables, y como por fin entendí por qué lo quise y por qué estuvimos juntos pese a nuestras abismantes diferencias, la amistad se nos ha dado bastante bien, contra todos los pronósticos.
-Tengo que decirte algo- me dijo muy coqueto la última vez que nos juntamos.
-Qué?- confieso que temí por un instante un atisbo de revival…
-Estoy saliendo con alguien.
Y me contó los detalles de su nueva relación que lo tiene muy contento, y que a mí me puso contenta también, porque es un buen tipo y se merece todo lo bueno que le pase.
-Pero no te enojas? Como nunca hablamos de estos temas ahora que somos amigos…-me dijo algo complicado.
-Para nada! Si es obvio que nosotros somos amigos ahora, además, me alegro demasiado que estés con alguien, contento y feliz.
Y fui sincera. Me dio demasiada alegría. Por él y por mí, porque si efectivamente llegó la primavera y la gente se está emparejando, es posible que –por fin- me toque.

miércoles, 18 de junio de 2008

Mi última cita (O lo único bueno fue el vino)

Después de mi reciente ruptura sentimental, necesitaba sentir que volvía a mi mundo. Está bien, acepto que en mi mundo pasan cosas un poco freak, pero bueno, más que mal, esto fue una señal de que las cosas volvían por su rumbo.

Primer acto: La cosa partió mal

Él era amigo de una amiga, conversábamos por Facebook y según me contó, me vio en su cumpleaños aunque yo no me acuerdo, y no se atrevió a hablarme.
Me invitó a salir un día después de la pega, y claro, en este estado de convalecencia emocional, por cierto que necesito salir a airearme con gente del sexo opuesto.
Pero todo empezó mal, cuando me dijo que nos juntáramos en la Fuente Alemana, porque quedaba cerca y era rico.
Está bien, asumo que también me he manchado las mejillas y chorreado hasta los codos comiéndome un churrasco palta, pero convengamos en que no es un lugar para invitar a alguien a salir, ni menos la primera vez....es incómodo eso de conversar con alguien que está sentado al lado tuyo en vez de al frente.
En todo caso, pensé que lo mejor era, una vez que ya nos hubiéramos encontrado, pedirle que cambiáramos el lugar, cosa que hice tal cual.

Segundo acto: “Deja que eso lo decida yo”

Por suerte, no hubo problema en cambiar el lugar, y terminamos en un excelente local con una carta de vinos de sueño, llena de pequeños lujos embotellados. El mozo me contó que estaban con una promoción donde te regalaban una botella cerrada del mismo vino que pidieras, de modo que la elección fue hecha con mucho más cuidado, sobre todo después de que él me dijera que la botella quedaba para mí, porque a él no le gustaba tanto el tinto.
Comenzamos a conversar y lamentablemente, él era ese tipo de personas que habla dos palabras por minuto, y eso me pone bastante nerviosa…necesito que las frases se terminen y él la verdad no era muy dado a eso.
Me llamó la atención su inclinación a hablar de sus ex parejas sin mediar estímulo alguno. Se paseó por varios nombres, circunstancias, historias de amor y de desencuentro, y en el momento que mi caracho de 5 metros tocó el suelo e hizo un ruido demasiado fuerte para pasar inadvertido, se inició la siguiente conversación:
-¿Te molesta que te hable de esto?
- (Sí, obvio!) No, pero me parece super curioso que le cuentes cosas tan privadas a alguien que a penas conoce, me llama la atención eso
-Ah, es que como lo tengo todo superado, no me cuesta nada hablar de eso
-(Claro….super superado!!!) Ah, pero bueno, yo también tengo superados a todos mis ex pero no hablo tanto de eso
-Es que bueno, igual se nota que no te has enamorado nunca…
-(Pero qué coño se cree este idiota!!) Mira, el hablar o no hablar de tus parejas no implica para nada el haberlas superado o no, y respecto a enamorarse, tú no me conoces nada y por favor, deja que eso lo decida yo.


Tercer acto: Robando un beso


Después de una conversación tan amena, no hubo postre y pedimos rápidamente la cuenta.
Obviamente el galancete siguió hablando del tema, en la demostración más aspaventosa de su total carencia de inteligencia emocional. Me contó de las sendas depresiones que pasó con cada una de sus ex, me preguntó si yo era depresiva y qué hacía cuando estaba triste.
Salimos a la calle e hice parar un taxi casi como si le pidiera auxilio porque me estaban asaltando. El pobre tipo paró y me miró con cara de “Este tipo le está haciendo algo, señorita?”, y eso me hizo retomar un poco la compostura, y no salir arrancando inmediatamente.
Entonces me di vuelta y le di las gracias por la invitación a galancete, le dije que me había encantado el local y que la comida estuvo notable. No le dije que lo pasé bien ni que estábamos en contacto, porque no quería mentirle.
Entonces me tomó de los hombros y trató de darme un beso, de robarme un beso.
Yo me eché para atrás y le dije:
-No, eres el colmo de fresco, nadie puede!!
-Es que me encantaste....
-Bueno, que tengas buenas noches- le dije sin perder mi compostura de dama de alta alcurnia, y cuidando de que mi botella de vino Gran Reserva no pegara contra la puerta del auto, me subí al taxi.
Hoy en la mañana me encontré con un mensaje suyo en Facebook, diciendo que lo había pasado bien, que yo le había encantado y que nos viéramos de nuevo, que saliéramos otra vez o nos juntáramos…..pero una cosa estar convaleciente del corazón y necesitar un galán que te mime y te saque a pasear, y otra muy distinta es no ponerse las zapatillas de velocidad cuando todas las señales dicen “corre lo más rápido que puedas”, como en este caso.

martes, 10 de junio de 2008

Me declaro culpable

No entraré en mucho detalle porque no tiene caso, pero recién siento el corazón más estable. Recién ahora puedo escribir sobre esto. Tuve una fugaz relación de la que ya vengo de salida, que ante todo me sirvió para meditar sobre las cosas que uno quiere y necesita de una pareja.
En vez de hablar de eso, de él y de nuestra relación, de cómo y por qué terminó (o empezó), voy a hablar de mí. De la que quedó después de esto, porque luego de una ruptura amorosa, ya sea grande, pequeña, terrible o consensuada, uno cambia. O mejor dicho, uno se reenfoca, y le presta atención a más detalles y cosas que antes pasaban inadvertidas.
Me di cuenta que sí tengo ganas de estar en pareja, pero que no por eso me voy a emparejar con alguien. Necesito más razones que esa, y también necesito que se den las condiciones para estar con alguien, porque lamentablemente el cariño no lo es todo. Uno tiene que compartir cosas, gustos, horarios, y no ser el clásico paradigma de los polos opuestos que se atraen, porque una vez que se encuentran –bastante fogosamente, por cierto- viene el preguntarse qué más hay después de eso.
Una amiga que se fue a vivir con su novio me invitó hace poco a conocer su nidito de amor. Y yo estaba tan feliz por ella, ten emocionada y tan contenta, que no pude evitar pensar que me encantaría estar en su situación.
Me declaro culpable de haberme engrupido con esa historia, persiguiendo el paradigma de pareja feliz, desayunos en la cama y siestas los domingos. Pero me declaro culpable también de haber tenido el minuto de luz para dejarla atrás porque me hacía mal. Ese es mi único atenuante, señores del jurado.

martes, 29 de abril de 2008

Mi hermana

Mi hermana chica, mi única hermana, cumplió 18 años. La misma que cuando tenía 3 o 4 entraba a mi pieza, a mirar mis lápices, mis cuadernos y desordenar mis cajones, buscando las “cosas lindas” que la hermana mayor tenía guardada en esa fortaleza inexpugnable, provocando mi ira. La misma que hace poco me confesó que cuando iba a kinder, se encerraba por horas en el baño a jugar con mis frenillos, porque le encantaba el sonido que la placa llena de alambres hacía al caer al suelo (nunca entendí cómo no se quebraron). La misma que hace tan poco era un patito feo, flacuchenta y desgarbada, y que de a poco se ha ido convirtiendo en una mujer hermosísima.
Cumplió 18 y se hizo un piercing en la oreja, por supuesto, sin pedir la autorización de nadie “porque ahora soy mayor de edad”. El mismo día de su cumpleaños fue al registro electoral y se inscribió. “Mi hermana siempre me dijo que así uno puede ejercer su cuota de poder”, le dijo a la señora que la inscribió, ante la consulta por aquel entusiasmo de la nueva votante.
Cumplió 18 y decidió que quiere estudiar pedagogía en Historia, y después de haber repetido un año y haber pasado a la rastra varios otros, se convirtió en la matea del preuniversitario, tomando cuanto curso y electivo le permite el horario, incitada por el régimen menos escolar y por la perspectiva del ingreso a la Universidad.
Mi hermana cumplió 18 años y me encanta ver en qué se ha convertido. Ver cómo la niñita tímida se para segura frente al mundo, tomando decisiones como una persona adulta. Esta es sin duda la sensación más parecida que he tenido al orgullo materno.

miércoles, 16 de abril de 2008

Derechos y deberes

De vuelta en el magíster, exprimiendo las neuronas de 6:30 a 9:30 de la noche, tres veces por semana. “Es una inversión”, me repito, inhalando y exhalando, todas las veces que me sacan las películas de cartelera antes de tener tiempo para ir al cine y cuando debo rechazar las invitaciones de café, salidas o juntas con mis amigas porque tengo clases o mucho que estudiar.
Estamos en clases de Derecho Internacional. Yo miro por la ventana hacia fuera, pensando en lo contenta que me tiene la llegada del otoño, mientras la profesora habla de los diferentes tipos de derecho que existen.
Mientras la profesora explicaba que el derecho provoca siempre la existencia de un deber, y que no puede existir uno sin el otro, me puse a pensar en los derechos y deberes que uno tiene en una relación.
Siempre he creído que de acuerdo al tipo de relación que uno tenga, posee ciertos derechos o deberes inherentes, dependiendo del mayor o menor grado de compromiso.
Por ejemplo, si uno está saliendo con alguien, no tiene el derecho de llamar a cualquier hora para saber cómo está el otro, y por lo tanto el otro no tiene ese deber. El derecho únicamente se da en este caso para acordar citas, salidas a bailar o al cine o para alguna comunicación específica. Si uno quiere más derechos, debe estar dispuesto a mayor grado de compromiso.
Por otra parte, si uno está pololeando, sí tiene el derecho de llamar para decir “estaba pensando en ti y quise saber cómo estabas”, y para ser honesta, uno desea que el otro lo entienda como un deber.
Puede sonar ridículo pero creo firmemente en eso. El cambio de status en una relación implica inmediatamente la adquisición de derechos y deberes distintos al estadio anterior.
Por eso, le he parado el carro a más de algún andante que se ha puesto demasiado romántico o controlador sin intenciones de tener una relación más seria, como también al pololo que se relajó y no hizo uso de sus derechos y deberes.
Por el momento, no soy sujeto de derecho en relación de nadie. …lo que también tiene aparejado una serie de derechos y deberes conmigo misma, todos los que ejerzo feliz y constantemente.

domingo, 30 de marzo de 2008

Historias de Motel

Octubre del 2005

-Bárbara, el vaso se está moviendo!!!
-Mmmmmmhhhhh-dije yo, en ese estado de tránsito entre el sueño y la realidad.
-Bárbara, el vaso!!!!- dijo él apretándome el antebrazo y tirándolo hacia delante, lo que me obligó a levantarme y mirar sobre su hombro.
Efectivamente, el vaso que la noche anterior dejó encima del velador de su lado de la cama acababa de moverse en diagonal, completamente solo.
El sueño se me espantó de golpe y evalué la situación: si le decía “Sí, el vaso se movió, nos están penando!!!”, él era capaz de vestirse con lo primero que encontrara y salir corriendo de la pieza del motel, sin pensar en nada más que huir. Entonces, hice de tripas corazón y volví a acostarme a su lado.
-Nada que ver, estás soñando-le dije, acomodándome en la cama y dándole la espalda..
-No lo viste? Pero si se movió, te juro que…
-Lindo, te juro que no se movió- dije aprestándome a dormir de nuevo, con algo de susto. El sujeto en cuestión nunca supo que efectivamente el vaso se movió. Quien sabe, tal vez un día le cuente.

Marzo del 2008

-No te puedo creer! A mí también me pasó algo raro en un motel
-En serio? –Le pregunté a mi amiga, que también había vivido una experiencia paranormal como la mía.
-Sí, estábamos ahí y sentimos que alguien caminó por la pieza, se movió. A mí me dio demasiado susto y me tapé entera. Mi pololo miró pero no había nadie.
-Que susto!
-Sí. Es que los moteles siempre son casas antiguas, grandes, quizá cuanta gente se murió antes ahí.
-Sí, es verdad…incluso deben haber ocurrido crímenes pasionales.
Es verdad, los moteles suelen ser casas antiguas, reacondicionadas para fines amatorios, pero con historias interminables de gente que estuvo de paso, que se amó, se odió, terminó, se mató incluso.

Reflexión

Los moteles son lugares interesantes. Desde la gente que entra, que muchas veces son parejas tan disparejas, otras, asustados adolescentes con mochila al hombro que por su cara se diría que nunca han estado en uno. La gente que atiende, tan acostumbrada a la cotidianeidad del ir y venir de los amantes. Los diseños de las sábanas, de las cortinas, el maní salado y el jabón individual que nunca es de buena calidad pero que sin embargo es tan útil. El que te pregunten “viene por noche o por momento?” cuando entras y el marcar cero para avisar a la recepción que se desocupará la pieza.
Durante mi época universitaria fui fiel cliente de los moteles. Al principio, de los más baratos cerca de la USACH en Estación Central, pensados para parejas de estudiantes. Después, los clásicos de Marín, donde me ocurrió la historia que aparece al principio de este post, y luego, esporádicamente, cuando uno quiere darse un capricho, uno que otro de mejor categoría.
Como vivo sola, ya no necesito ir a un motel cuando estoy emparejada, pero no puedo negar que a veces es entretenido el juego de entrar, dejar el carnet y pensar que esa habitación en la que tantas otras parejas se han amado, se convertirá en tu propio nido de amor por las siguientes tres horas.

domingo, 23 de marzo de 2008

De vuelta...

Vuelvo al (y del) Sur

Una de mis amigas me decía que conocía a poca gente que como yo, tuviera experiencias cercanas a lo religioso en contacto con la naturaleza. Debe ser porque no soy religiosa ni me considero demasiado espiritual, pero sí profundamente sensible a la belleza natural, sobre todo en climas fríos y lluviosos.
Así que como siempre, agarré mi mochila y me fui a conocer una zona que no conocía de esa parte de Chile: Entre Isla Huapi y Puerto Octay, y hacia la zona cordillerana hasta llegar al lago Maihue.
Como siempre, hubo gente maravillosa que me acogió en su casa como si fuera de su familia, que me dio de su comida, y me hizo sentir parte de algo que a simple vista no tiene nada que ver conmigo, pero que ahí está, como un lazo invisible, difícil de explicar pero tan fácil de sentir.
Cuando viajo, voy a buscarme a mí misma: a la yo que se sorprende y se maravilla de los insectos multicolores, de las caídas de agua, del frío de los ríos, de la transparencia de los lagos y de ese momento justo antes de quedarse dormida en el que uno sólo escucha el clamor del agua, lejano, y el viento que se enreda entre los árboles.
Por eso siempre vuelvo al Sur, siempre voy a buscarme de vuelta, a sentirme aventurera, sorprendida, adaptable…en contacto con todo.

La última llovizna

Pese a lo que me han dicho a veces, creo no tener una vida amorosa miserable, y de hecho, aquel dicho que reza “no llueve pero gotea” creo que se hizo a mi medida.
Mi última aventura fue Mulder (protegeremos su identidad con esta chapa tan a lo “X Flies”).
Bailaba en una disco con mi amiga cuando, aburrida de que el chico que originalmente había llamado mi atención no me mirara, decidí acercarme a la barra a comprar una bebida. Íbamos caminando cuando un tipo le ofrece un cigarro a otro, y mi intención de seguir avanzando quedó frustrada por la extensión de manos. Mulder reparó en mí y le dijo a su amigo (que estaba ofreciendo el cigarro) que fuéramos los cuatro a bailar.
Perteneciente a una de las Fuerzas Armadas y de Orden, dos años menor que yo, bastante rico pero atrozmente derechista, cuadrado con su Institución, intolerante ante la diversidad y amante de su profesión. Qué más puedo decir de él?. Besaba bien pero pese a que llamó un par de veces después de que nos despedimos de beso y abrazo en la puerta de mi edificio, luego de que como todo un galán nos fuera a dejar en auto, la cosa no dio para más.
Como dije una vez, hay cosas que uno hace por un afán meramente deportivo, que hay que tener cuidado de dejar así. Total, ambas partes ya tuvieron su ganancia.

Cumpleaños

Siempre es difícil cumplir años, sobre todo (como escribí hace exactamente un año en este mismo blog) cuando uno no tiene a nadie especial que sostenga la torta mientras todos cantan el Cumpleaños Feliz. Nadie que te mire con esa mirada que es imposible que otra persona te dé en ninguna otra circunstancia que no sea en esa media luz, entre las pequeñas llamitas puestas sobre la torta y que cada año van siendo más.
El catastro entre ese post y este es bastante bueno, por cierto. No me siento miserable ni desdichada ni mucho menos, pero como le comenté a una amiga, echo en falta eso de tener a alguien con quien poder contar, a quien llamar para organizar una salida al cine improvisada, sin pensar en “a lo mejor debí esperar a que me llamara él”.
Entonces, eso es justo lo que pediré cuando el 26 de marzo sople las velitas de mi torta, sostenida por alguna de las personas que me quiere mucho y que quiere lo mejor para mí.